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Categoría: Opinión | Colocada por: ASICH | Fecha: 13-11-2017 | [Imprimir]
PITA LADDAGA

LOS HÁBITOS, APRENDER AHACER PARA SER INDEPENDIENTE II

Un hábito que puede redituar beneficios y satisfacciones al adolescente es la cortesía


La cortesía es una forma de respeto y consideración. Si no hemos propiciado este hábito en nuestro hijo o hija, podemos aprovechar su adolescencia para proponérselo como una nueva forma de convivencia. No es un hábito
de otros siglos, no es cursi, es una forma de hacer sentir bien a los demás. Él se sentirá más seguro si sabe como tratar a las personas de una manera apropiada: ser puntual, escuchar con interés, contestar cortésmente, esperar su turno, no interrumpir, dar muestras de gratitud (notas, cartas, llamadas), dejar pasar, abrir la puerta, ayudar a cargar, ceder el asiento, etcétera. Las personas amables y atentas tienen mejores posibilidades de establecer relaciones armoniosas.

El hábito de compartir responsabilidades es otra forma de consideración a los demás y es indispensable para obtener buenos resultados en el trabajo, el estudio y la convivencia

Compartir las responsabilidades en grupo se aprende en la familia. Participar en las labores de la casa ayuda a los hijos e hijas a sentirse útiles, a ser independientes, a valorar el trabajo ajeno y a considerarse parte de un equipo en el cual lo que cada uno hace o deja de hacer afecta a los demás.
Enseñar a los hijos a participar en las tareas domésticas es tan importante como cualquier otro aspecto de la educación. La cooperación está relacionada con la responsabilidad, la confianza, la equidad y la solidaridad.
Cuando los padres no hemos cultivado estos hábitos en la niñez de nuestros hijos, quizá nos exija más esfuerzo, perseverancia y paciencia hacerlo en esta etapa. Sin embargo, nunca es tarde para comenzar.

El respeto y el compromiso constituyen la mejor forma de establecer un hábito

Nuestro hijo no debe ver la realización de tareas domésticas como una imposición, sino como un trabajo que, además de beneficiarle a él, apoyará a las personas cercanas y le enseñará a colaborar con otros.
Para crear un sentido de equipo y de justicia en relación al trabajo doméstico, es necesario conversar en familia, pensar juntos sobre la distribución de las tareas, llegar a acuerdos y considerar las capacidades, posibilidades y limitaciones de cada uno.
Todos los miembros de la familia, chicos y grandes, hombres y mujeres, padres e hijos, o cualquier otra persona que viva en casa, pueden participar en los cuidados de la casa y asumir responsabilidades y compromisos.
Si queremos educar en la equidad, las obligaciones deben distribuirse de acuerdo con la habilidad o la edad de los hijos, no con relación a su sexo. Hacer distinciones entre hombres y mujeres provoca actitudes de machismo y desigualdad.
No es conveniente pagar a nuestros hijos su trabajo ya que, aunque el dinero les da un estímulo externo e inmediato, no los forma en la responsabilidad y en el espíritu de equipo y solidaridad. Los hijos son miembros de la familia, no empleados.

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