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Categoría: Opinión | Colocada por: ASICH | Fecha: 14-08-2017 | [Imprimir]
PITA LADDAGA

LOS AMIGOS, ALIADOS INSUSTITUIBLES DEL ADOLESCENTE


La amistad es un aspecto fundamental en la vida del adolescente, un impulso a su desarrollo y un motivo de felicidad

Los padres no podemos cubrir todas las necesidades sociales, educativas y afectivas de nuestro hijo. Hemos de reconocerlo y dejar que busque la plenitud en otras relaciones.
Sus amigos se convierten en un punto de apoyo y una referencia definitiva en el proceso de encontrarse a sí mismo. A través de la amistad, despliega sus habilidades sociales, aprende a compartir, a respetar, a ser sensible y solidario, a tomar en cuenta las necesidades, los deseos y los puntos de vista del otro.
Los amigos son una fuente invaluable de afecto
Con los amigos comparte sus vivencias y sentimientos, experimenta una sensación de intimidad y pertenencia que tendrá una repercusión profunda en sus futuros vínculos.
Gracias a ellos se siente comprendido, puede expresarse con libertad y darse el gusto de ser él mismo. En estas relaciones íntimas se reafirma, adquiere confianza, fortalece su autoestima y recibe sustento en momentos difíciles.
Con los amigos, los adolescentes hacen frente común contra todo aquello que se oponga su independencia
Juntos, consolidan su sentido de identidad y analizan valores, ideas, actitudes y creencias para poder elegir sus nuevos patrones de comportamiento y ensayar un estilo de vida personal y grupal; desarrollan aprendizajes, habilidades y destrezas que difícilmente aprenderían de los adultos.
Los momentos de diálogo, diversión y compañerismo contribuyen a formar en el adolescente el sentimiento de pertenecer a un grupo y a una generación.
El grupo adquiere una importancia vital durante la adolescencia
En un grupo los adolescentes se reconocen entre sí y se distinguen de los que no pertenecen a él. El grupo les ayuda a definir su orientación en la vida y les propone pautas de comportamiento; les da fuerza y seguridad en las circunstancias de incertidumbre y ansiedad que acompañan muchas veces la conquista de la autonomía.
Los adolescentes encuentran en el grupo un espacio autónomo
El grupo se forma sin intervención de los adultos, de manera espontánea y a través de una selección informal, pero rigurosa, de los miembros. Una vez que definen las reglas, cualquiera que pretenda ser aceptado debe obedecerlas.
El adolescente vive una contradicción que le llevará tiempo superar; por un lado, siente un poderoso impulso de rebelarse contra las imposiciones, diferenciarse, ser él mismo; y por otro, necesita pertenecer al grupo compenetrarse con los amigos, conformar sus acciones y estilos a los de sus iguales.
El grupo libera al adolescente de las pautas familiares y sociales, y al mismo tiempo lo somete a otras normas de conducta-de vestirse, de hablar, de divertirse, de reaccionar ante las figuras de autoridad- que establecen una clara distinción entre ellos y los adultos.
En su necesidad de ser aceptado el adolescente puede llegar a realizar acciones en contra de lo que él mismo considera correcto
Es difícil para un adolescente aprender a sustentar sus puntos de vista, sus opiniones y principios sin perder el aprecio de los amigos y su influencia en el grupo. Necesita recursos internos para decir sí o no libremente, y hacer lo que realmente quiere arriesgándose al rechazo de sus compañeros.
¿Cuál es el papel de los padres ante el mundo privado de nuestro hijo?
Es todo un desafío mantener el equilibrio adecuado entre dar a nuestro hijo la libertad de experimentar la amistad, respetar su privacidad, y al mismo tiempo estar al tanto de su vida, cuidarlo apoyarlo y guiarlo en una etapa en la que aún no cuenta con la madurez suficiente para ejercer la plena autonomía.
El mundo de los amigos del adolescente y su ambiente familiar no tienen porque estar aislados, es un error muy peligroso pensar que ya no nos corresponde estar informados de lo que haga nuestro hijo fuera de casa.
Los amigos por lo general ejercen en nuestro hijo una influencia positiva: estudian juntos, participan en actividades sociales o culturales, practican un deporte o simplemente se divierten; pero también pueden inducirlo a correr riesgos, a consumir tabaco, alcohol o drogas, a desarrollar actitudes negativas hacia la escuela o la familia.

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