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Categoría: Opinión | Colocada por: ASICH | Fecha: 01-05-2017 | [Imprimir]
PITA LADDAGA

CRISIS DE LOS HIJOS, CRISIS DE LOS PADRES


Para los padres, contemplar a nuestro niño convertirse en una persona independiente puede resultar inquietante

Es normal que el adolescente ya no nos necesite como antes,; que se haya vuelto huraño y se resista a las manifestaciones de afecto que hasta hace poco buscaba; que se aísle gran parte del tiempo y deje de platicarnos sus aventuras o desventuras; que nos mantenga al margen de sus decisiones y de sus afectos.
Los padres necesitamos desarrollar la generosidad para hacernos a un lado y dejar que nuestro hijo llegue a expresar una identidad propia y se adueñe de su vida.
Lidiar con un adolescente es un gran desafío, y sería más fácil si los padres no estuviéramos experimentando también cambios personales profundos
Es frecuente que la adolescencia de nuestro hijo coincida con el momento en que entramos a la segunda mitad de la vida, un período crítico de la edad adulta.
Por primera vez, entre los treinta y cinco y los cuarenta y cinco años, nos enfrentamos a la muerte como una posibilidad real y perdemos la sensación juvenil de ser inmortales. Algunos hemos sufrido la pérdida de nuestros propios padres, y otros simplemente empezamos a notar cambios en nuestro cuerpo; quizá aparezcan las primeras canas o notemos unos kilos de más; tal vez necesitemos usar lentes o nos veamos obligados a reconocer una disminución en nuestra resistencia física; es posible que se presenten variaciones en la sexualidad o nos asalte el miedo a envejecer. Observar el florecimiento de nuestro hijo o hija contrasta con nuestra sensación personal de deterioro.
Al igual que nuestros hijos tenemos que abandonar una idea de nosotros mismos para asumir y aceptar otra distinta
Nos vemos forzados a dejar atrás los valores de la juventud, tan exaltados por nuestra cultura, y a centrarnos en los de la madurez. En este tránsito es probable que experimentemos sentimientos de inseguridad, temor, tristeza o frustración; pero también puede ser que nos entusiasmen nuestros retos, que nos llamen esos estudios que habíamos postergado, que nos sintamos más libres para explorar mundos distintos a los que hemos habitado.
Es momento de hacer un balance. Nos preguntamos que hemos hecho con nuestra vida, cuáles de aquellos viejos proyectos logramos realizar y que sueños tenemos pendientes.
Quizás estemos elaborando planes e imaginemos otras posibilidades de realización, o estemos revisando nuestras relaciones.
De pronto, nos damos cuenta de que el tiempo pasa y tenemos que apresurarnos a cumplir con nuestros anhelos y a construir algo que dé sentido a nuestra existencia.
Como nuestro hijo, también dudamos; como nuestro hijo, también estamos en crisis.
Una crisis nos vuelve vulnerables y, al mismo tiempo, nos da la oportunidad de avanzar a un mayor nivel de desarrollo
En una crisis, dos fuerzas opuestas actúan sobre nosotros. Por un lado , nos resistimos a abandonar la seguridad de los vínculos, las costumbres y la manera como hemos resuelto la vida, y por otro , nos invade un anhelo de búsqueda y progreso.
La crisis es una señal de que necesitamos cambiar y pasar a otra etapa, de que debemos avanzar hacia algo distinto. A veces no nos sentimos preparados, pero algunos acontecimientos - como la adolescencia de los hijos- nos lanzan hacia delante a pesar de nosotros, nos desafían a abandonar la ilusión de seguridad y a explorar otros aspectos de nuestra individualidad, otro talentos y capacidades que desconocíamos.
Una crisis es un reacomodo interno, un impulso a evolucionar y no necesariamente un cambio de las circunstancias externas
Una crisis tiene que ver más con el significado personal que damos a nuestras metas, ideas, valores y afectos, que con las acciones concretas que los expresan; tienen que ver más con lo que sucede con nosotros, que con lo que pasa en el exterior.
Aunque es difícil descubrir los cambios internos cuando estamos ocupados en las cuestiones cotidianas, el desequilibrio nos hace darnos cuenta de que no hemos acabado de construir nuestra personalidad ni hemos dejado de evolucionar. Aún tenemos muchas cosas por hacer, por aprender y por crecer. Al aceptar el cambio podremos sentirnos renovados, más armónicos y completos; y al comprometernos con nuevos proyectos, podremos acompañar mejor a nuestros hijos sin invadir su proceso de desarrollo.
A pesar de ser tan difícil y confrontadora, resulta muy afortunada la coincidencia de dos momentos de cambio profundo: la adolescencia de los hijos y el paso a la madurez de los padres nos pone en condiciones de crear una relación distinta, de corregir errores, de inventar formas, de ponernos de acuerdo, de conocernos mejor, de aprender juntos el uno del otro, de compartir aficiones e intimidades.
Junto con nuestro hijo o hija adolescente descubrimos que cada etapa tiene su interés y misterio, sus enseñanzas, emociones dificultades, pérdidas, descubrimientos, rupturas y alegrías.


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