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Categoría: Columnas | Colocada por: ASICH | Fecha: 06-04-2017 | [Imprimir]
Alfonso Carbonell Chávez

El qué acusa, debe de probarlo


Así como ayer hablaba de la rumorología, las imputaciones dolosas, claro mientras no se
compruebe lo contrario, son totalmente difamatorias, infames o de menos viles infundios. En esta vorágine informativa en dónde hoy matan a ex presidente Calderón o a la periodista Carmen Aristegui, más allá resulten rumor difundido y multiplicado en las redes sociales, cala hondo en la ciudadanía que está desconcertada y que ya no sabe, en verdad, a quién creerle. Por eso surgen personajes que se envuelven en la bandera de la libertad de expresión para lanzarse desde el segundo piso de su castillo de mentiras, tratando de llamar la atención y de alguna manera, sabedores, que el nombre o nombres que van a invocar en su caída, quedará en las mentalidades más frágiles de la sociedad que están, habrá que decirlo, buscando no quien se las hizo sino quien se las paga. Me había resistido tocar el tema pero no por prurito, sino porque representaba en su momento más álgido, precisamente abonar al propósito extendido que plateaba su redifusión. No se trata, lo advierto para los execrables mediáticos, me mueve más el que no sigamos abonando por más billetes que le depositen en su tarjeta de oxxo, al descrédito de las instituciones ya de por sí memadas. Que en nada abonan al estado generalizado de zozobra e incertidumbre.

Voy al grano; de mucho tiempo atrás incluso desde siendo aún gobernador Juan Sabines Guerrero, un pequeño personaje de la política y hoy se dice miembro del gremio periodístico, pataleó e hizo puchero por motivos que ni al caso viene nombrarlos. La cosa es, que atacó insistente al gobernador hasta que fue puesto tras las rejas; la negociación fue salir, recibir –dicen- un millón de pesos para acallarlo y una su notaría. Todo nuevo y de paquete, diría el chileno Don Francisco. ¡Ah sí! casi se me pasa, el personaje aunque seguro estoy adivinó, se trata del abogánster (qué más) de apelativos Horacio Culebro Borrayas, quien en un activismo inusitado incluso desde la tierra del colorado y cae mal del Donald Trump, fue a acusar a Sabines Guerrero y a otros más de recibir millones de dólares (cinco dijo) que de manera mensual un narcotraficante del cártel del Chapo Guzmán les hacía. No cito el nombre porque no es quid del tema (la verdad tengo güeva de buscarlo). Lo que sí y aquí cierro; que ya el ex gobernador Sabines y actual Cónsul de México en Orlando, Florida, USA, ya le metió demanda por daño moral al abogado Borrayas, por lo que ahora sí deberá hacer uso de todo su bagaje constitucional que presumen para librar la demanda. Y sé lo que están pensando sobre todo algunos compas a los que les pudo quedar a deber, pero de que te acusen de narcotraficante en un país (el nuestro) cuya característica da para eso y más, puede, como estimo motivó la demanda del ex gobernador, interponer una demanda para salvaguardar su nombre y su honra. Al hacerlo, obvio considerar, puede serle contraproducente si el denunciante Borrayas llegará a comprobar su acusación. De ahí, de esa gran capacidad mediática mostrada por el señor Horacio Culebro de señalar nombres como si fueran palomitas de maíz en una misma mega caja, considero podrían sumarse como afectados directos ante los señalamientos hechos por el abogado Borrayas, los demás personajes que él señala recibieron de ese mismo jefe de plaza del cartel del Chapo, cantidades importantes.

Concluyo; el tema de las reiteradas acusaciones de Horacio Culebro contra de Juan Sabines, Raciel López, Eduardo Ramírez y hasta Roberto Rubio, resulta un abanico improbable tanto en el tiempo, posición y afinidad, como para que hubieran urdido, fraguado en ese tenor dicha asociación delictuosa. Lo evidente, es que se trata de confundir a la sociedad; a unos que quedaron hartos o dolidos de la administración de Sabines; en tanto que a otros, el actual procurador fue quien le echara el guante al ex gobernador Pablo Salazar; que Eduardo Ramírez, tal vez, no les hizo eco a su complot urdido para hundir a Juan y entonces -lo dije ayer- la población harta de todo y de todos, busca en este tipo de expresiones incluso difamatorias, aplaudir las denuncias y con ello, tratar de hacerse justicia diciendo en voz baja; ¡qué los chinguen!
Y puequé tengan razón pero entonces, esta misma carnicería y justicia mediática, pueda llevar a muchos ¡pero muchos más!, a que con las manos en la cintura les señalen como corrupto, pederasta o acosador sexual, nomás por decirlo. Lo reflexionemos sin apasionamientos. Es mi punto. Me queda claro. (Hoy Sin salida)

P.D.- No se equivoquen: por mí ¡qué todos se vayan a la cárcel! Ptss no tú no. Je.