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Categoría: Opinión | Colocada por: ASICH | Fecha: 21-11-2016 | [Imprimir]
PITA LADDAGA

Una persona que ejerce su autonomía es capaz de pensar, decidir y actuar por sí misma


Una persona autónoma es alguien que se conduce de acuerdo con sus valores y convicciones;
que sabe distinguir la conducta aceptable y la que no lo es; que es responsable de sus actos y no permite que los demás decidan por ella.
La verdadera autonomía está acompañada de la responsabilidad
Una persona autónoma es responsable, toma en cuenta las consecuencias de sus acciones; no hace lo que se le antoja en el momento en que se le ocurre y tampoco hecha la culpa a otros de lo que le sucede; reconoce con claridad sus necesidades y las satisface, pero también considera las necesidades y puntos de vista de las personas afectadas por su conducta.
La autonomía no puede estar separada del respeto y la consideración
La persona autónoma es amable y generosa, expresa su interés sincero por el bienestar y el derecho de los demás a través de sus acciones: comparte, ayuda, estimula y atiende.
El desarrollo de la autonomía es un proceso que se da junto con la evolución de todos los demás aspectos de la vida y requiere madurez, aprendizaje y experiencia.
El niño tiene que recorrer un largo camino para llegar a ser autónomo.
En el viaje hacia su autonomía, el niño va descubriendo quién es él, hacia donde se dirige, qué quiere lograr y cuales son los valores que le servirán de guía.
El niño posee un impulso natural s hacer las cosas sin ayuda y a resolver por sí mismo sus asuntos. Quizá se equivoque muchas veces, tal vez se sienta confundido y temeroso o tenga que enfrentar el dolor y la frustración, pero esta tendencia sana y poderosa a la independencia lo acercará al logro de su autonomía.
En la etapa escolar, nuestro hijo todavía requiere de ciertos límites que lo hagan sentir seguro
El niño de primaria tiene que aprender a distinguir lo que en verdad quiere de lo que otros esperan que haga, pero también necesita reconocer cuándo es posible obtener lo que desea y cuándo tiene que esperar o renunciar; en que circunstancias puede decidir y en cuáles tiene que obedecer. Aún los niños más independientes requieren guía y apoyo. Necesitan la autoridad de sus padres para encontrar el equilibrio entre su libertad y su responsabilidad.
Durante los primeros años de primaria, la justicia es el criterio con el que el niño juzga lo que está bien y lo que está mal
Cuando es pequeño, el niño acepta obedecer las normas si todos los demás lo hacen. Su justicia es la ley del talión: “Si me hacen, yo hago”, “Si me pegas, te pego”. A medida que crece , descubre lo que él considera sus derechos, y se da cuenta de que lo mejor es respetar las reglas, ya que también lo benefician a él.
Aprender a convivir bajo ciertas normas es crucial para la vida social del niño, por eso es fundamental mantenernos firmes y no aceptar discutir las cuestiones trascendentes. Pero en cambio, es recomendable dejarlo decidir en sus asuntos personales, como la organización de su tiempo, la manera como se peina y se viste, las actividades que prefiere, los amigos que elige o la hora de hacer su tarea.
Es formativo que nuestro hijo vaya asumiendo riesgos en cuestiones que no impliquen un peligro o un costo elevado para él o para otras personas; que sepa que cada vez que escoge se produce una consecuencia que él tendrá que asumir. Podemos guiarlo para que sus elecciones sean adecuadas, pero tenemos que dejarlo decidir, permitir que se equivoque y aprenda de sus errores.
En la etapa escolar, el niño empieza a negociar para obtener lo que quiere y pide explicaciones de cada una de las reglas que debe obedecer
“¿ Por qué he de visitar a los abuelos?”, “Por qué tengo que irme a dormir tan temprano?” “Por qué tengo que limpiar la mesa y mi hermana no?”
Es normal que el niño se rebele y que en ocasiones llegue a ser agresivo. Necesita discutir y probar distintas conductas para aprender a reconocer y elegir los comportamientos que lo hacen sentir más satisfecho.
Por fortuna, en esta edad ya podemos razonar con él, pues el desarrollo de su inteligencia le permite comprender puntos de vista diferentes a los suyos. Esto significa que comienza a aparecer un elemento importante de la ética madura: la preocupación por el bienestar del otro.

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